Día 1 - Hoy mi cuerpo recuerda
Me duele la mandíbula, la cabeza. Recuerdo todos mis cortes de pelo, recuerdo cada cicatriz y tatuaje.
Me sostengo y siento la gravedad tirando desde la planta de los pies hacia el núcleo de la tierra, cada órgano siente la gravedad, los párpados también la sienten.
Mi cuello y articulaciones, crujen. Mi rodilla izquierda suena distinto a todo lo que alguna vez escuché.
Recuerdo el tacto, la ropa que porto, la que sostiene, la que se siente tan cómoda como si fuera libre. Recuerdo las sábanas y las medias también.
Cada aroma que percibí vuelve alguna vez desde mi memoria hasta la nariz. A veces me sorprende, y recuerdo la ruda que olí cuando mis piernas eran más cortas y recorría aquel jardín lleno de ruda y manzanilla. Cuando mis manos eran pequeñas.
Luego no se dónde estuve. Dónde estuve? siempre aquí. Sin embargo la conciencia me olvidó; aunque este corazón latía cada segundo, y la bomba fluía y trabajaba sin cesar. Cada lugar de mi haciendo su trabajo aunque el Ser que nos lleva a todos no sea consciente de eso.
Habitar el espacio con las células agrupadas y tomar conciencia de ello se siente bien. Me pregunto cuánto más miraré a traves de mis ojos, por cuánto tiempo más moveré mis manos. A cuántos lugares más me van a llevar estas piernas.
Pienso en todas las cosas que aún no saboreé, y la sensación de sumergirme en cualquier agua y ser uno otra vez con el todo.
Cuerpo, desde la planta de los pies, las piernas, abdomen, pecho, brazos, cuello, cabeza. Recuerdo que siempre siento que me falta un dedo más en las manos. Tengo 5, debería tener 6 en cada mano? de dónde sale ese que recuerdo de algo que no tengo?
Cada día me pregunto ¿dónde estoy? en qué parte de este cuerpo? este cuerpo soy yo? yo soy mi cuerpo o simplemente lo habito? entonces no deberia escribir más sobre esto sino dejar que él vuelva a tomar el control.
No importa dónde estoy, yo, mi cuerpo estoy aqui y ahora. Aunque sea consciente de eso o no. Me sostengo y me mantengo vivo casi involuntariamente. Soy máquina perfecta que late 86000 veces al dia casi sin quejas, sin pedir permiso, casi mágicamente.
No entiendo cómo podría seguir escribiendo cosas desde este cuerpo. Quiero decir, mi mente no entiende, yo, mi cuerpo sólo muevo dedos y recuerdo la sensación de la brisa del mar en la cara al cerrar los ojos, acompañada del sonido de unas olas.
Recuerdo caminar sobre el pasto seco y también sobre pasto húmedo, recuerdo la sensación del agua subiendo desde mis tobillos hasta las piernas, luego al abdomen, y yo retrocediendo porque el agua está fría.
Recuerdo pisar arena, piedras, asfalto caliente, baldosas, madera, alfombras, mat de yoga y paredes. Recuerdo estar al revés cada tanto, sobre mis dos manos en el piso y los pies flotando o en la pared, y esa efervescencia de la sangre fluyendo hacia mi cabeza, la presión en los ojos y la desorientación al ver el mundo al revés.
No me preguntes cuánto voy, no preguntes cuánto falta. Sólo se latir, llegar a otros corazones haciendo vibrar mis cuerdas vocales, bailar dejando fluir el movimiento a través de mi, estremecerme con los amaneceres.
Este cuello que duele se siente como una carga constante sobre mis hombros. Como si la cabeza pesara mucho más de lo que pudiera sostener. Y el dolor en la mandíbula, los dientes, las sienes la hacen aún más rígida, más pesada sobre el cuello que hace lo que puede y sostiene. Que sigue crujiendo en cada movimiento.
Canta al decir si, cruje al decir no, a veces el crujido se siente liberador. Como si se quedaran cosas estancadas a lo largo de los minutos que me mantengo en pie. Y luego muevo suavemente la cabeza y se liberan, suena, y mi boca suelta un sonido de alivio, me relajo, y tomo nota de lo mucho que me duele.
Sin embargo día a día me muevo, ejercito, sigo activo. Pero hay algo en esa mochila invisible que me cuelga que no se de donde nace. Me empuja, hacia atrás y hacia abajo, me frena, me molesta y me duele.
Tal vez la agarré hace tanto que ya no lo recuerdo. Ahora la mochila solo es la sensación fantasma como ese sexto dedo que me recuerda que tal vez tuve otra forma. Cierro los ojos y con la punta del dedo pulgar recorro las demás yemas y cuento: 1-pulgar, 2-índice, 3-mayor, 4-anular, 5-meñique, 6-?
Y por último, flotar en el aire. Las partículas agrupadas que me componen disfrutan de flotar y nadar en este liquido que nos sostiene. La gravedad me empuja hacia la tierra, me impide volar. Pero aun con los pies pegados al suelo, nado en el aire, siento el aire sobre la piel sosteniendome, a veces acunando, otras despeinando en forma de viento. Volar en el piso, nadar en el aire. Existir. Ocupar un espacio en este planeta. Mover los dedos, latir, y también pensar. Porque mi mente es quien se cree predominar ante todos, sólo porque interpreta todo lo que yo puedo percibir, lo que puedo sentir y experimentar.
“Lo que mi cuello quiere decir y lo que hay dentro de mi mochila":
Mi cuello quiere decir que deje de mirar para arriba y comience a mirar de frente, que reconozca que estoy aqui y no allá arriba.
Que deje de buscar en el cielo la respuesta, que deje de soñar con planetas lejanos. El cuello se siente tan cargado al mirar hacia el cielo, que el alivio es justamente al mirarme los pies.
El cuello me pide que me enraice, que relaje, que entienda que ya no cargo con nada. Que comprenda que mi mente no pesa, que mi cabeza no es una piedra inerte y dura.
La mochila invisible es graciosa porque me cuelga justamente del cuello. Por eso a veces me duele también la garganta, o se me cierra la voz al intentar hablar. Me oprime y aprieto la mandíbula para sostenerla y acarrearla.
Llena de qué? de piedras claramente. De todo tipo, piedras que recogi, cada una con nombre propio.
En mi infancia en uruguay: la soledad, el abandono, el desamparo, la oscuridad y la angustia de una niña que no fue vista realmente.
Piedras de mi adolescencia en buenos aires: la desconfianza en este cuerpo, en esta mente, en los demás, sobre todo en los demás. El miedo, la inseguridad, la decepción, la agresividad.
Y también carga piedras de mi vida adulta en el sur, con forma de cristales, pero igual de pesadas. Todas esas veces que creía que estaba segura cuando no era asi, toda esa soledad tan tan grande que me acompañó toda la vida pero sobre todo, aqui en la montaña, la desolación y nuevamente el desamparo.
Hoy esas piedras no las necesito ni me representan. Pero me siguen tirando del cuello como si cargarlas fuera esencial. Y conscientemente no se cómo soltarlas, por lo que mi cuerpo sufre y adolece, y cruje y canta. Sin embargo sigo aqui en pie día a día.
Me arrodillo en la tierra, me siento sobre los talones, llevo la frente al piso, relajo los brazos. Y siento como las piedras resbalan a lo largo de mi espalda y caen, masajeando mi columna vertebral como si fuera un tobogán. Se van, vuelven a la tierra, las dejo ir de una vez. Las suelto porque sencillamente no puedo seguir trayendolas conmigo. Asi sobre el piso, rendida y rodeada de piedras, sintiendo el aroma de la tierra y el sostén, puedo incorporarme para volver a volar en el aire, esta vez sin peso, sin dolor, sin tensión.
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